viernes, enero 14, 2005

De un toro y la luna

Cada noche, junto al alambrado que continuaba a pesar de la alta colina que cerraba al sur la hacienda Rosita, sobre sus cuatro fuertes pezuñas, aquel joven toro no apartaba sus ojos del cielo. Desde que la descubrió una noche de julio, cuando ella se empezaba a vestir con su bello traje de perlas, no había podido dejar de amarla. Día a día se deleitaba con su lento baile en el que se colgaba ese brillante manto que le dibujaba su hermosa figura, día a día el toro se alegraba la vista con su presencia y se atromentaba el corazón por no poder besarla. Maldita estatura, que hasta empinado, lo mantenía distante de su amada.

La amaba definitivamente, pero no sabía si ella lo correspondía igual. Cada cuatro semanas ella no aparecía en la vitrina negra. Durante esos siete días de ausencia el torito mugía y bufaba desesperado buscándola en cada sombra y se ilusionaba pensando que quizás ella había decidido bajar hasta donde el estaba para corresponder la adoración que el sentía. Pero era sólo una ilusión, la noche octava aparecía ella de nuevo, semidesnuda y hermosa como siempre, inalcansable en medio de la negrura que lo cubría.

Y así pasaba la vida del toro, que dormía durante el día y poco comía. El resto del rebaño se burlaba de su inútil amor, y hacían de él objeto de las mofas más crueles que un vacuno pudiera soportar. Lo seguían y empujaban, mordían su cola y lo picaban en el costado. La única felicidad de él provenía de saber que su luna estaría ahí luego de unas horas.

Un mal día, uno de los que más picaba al torito clavo su cacho más de lo acostumbrado en su costado izquierdo. El toro no hizo más que reaccionar ante el dolor y se entabló una lucha de varias horas en la que ambos animales salieron bastante mal heridos. El atacante al final huyó humillado ante los ataques del enamorado bóvido, que agotado por la pérdida de sangre, se desplomó a la orilla de la laguna que estaba al oeste de la hacienda. Cerró los ojos y no los abrió por varias horas.

Ya estaba avanzada la noche cuando sobresaltado despertó. Sus ojos, algo confundidos, se clavaron en el agua quieta del estanque. En la mitad de este, quieta y en su completo esplendor, estaba ella, esperándolo. El toro no lo creía, lo que tanto deseaba había ocurrido: Su luna había descendido hacia él.

Empezó a caminar hacia ella. Poco lo importó mojar sus patas o sentir como el agua iba subiendo por sus lados, quería estar cerca de ella, quería sentirla una vez al menos. Movía desesperado sus extremidades con sólo su cabeza por fuera del agua, faltaba poco y le parecía que ya podía sentirla. La distancia era infinita y su cansado cuerpo empezaba ya a ceder. Logró alargar su lengua y besó la blanca cara de la luna que en ese instante parecía temblar de sólo sentirlo.

El toro luego se hundía para siempre en esa fría agua de verano, pero desaparecía feliz por haber constatado que el sabor de ella había sido tan refrescante y puro como siempre lo había imaginado, por haberla sentido y saber que su amor era verdadero.

2 comentarios:

Efecto Drago dijo...

Muy bien. Muy tierno, aunque por alguna extraña razon, mientras leia y sobre todo el final cuando el toro se mete al agua, en la cabeza se me ubico el soundtrack de "Don't cry" de Guns'n Roses. ¿Extraño no? "Don't you cryiiiyyy toniiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiight"..... yeah.

Nat dijo...

No sabía que podías llegar a esos límites de ingenuidad y ternura... Ya casi me convences: sí has sido humano!