lunes, enero 31, 2005

Negra

Faltaban pocos minutos para las cuatro de la tarde y el sol, aunque ya se veía más naranja, seguía quemando las sombras sobre el asfalto resquebrajado de esa calle tan familiar para él. Sus amigos reían de alguna estupidez que el chino Daniel decía, mas él sólo tenía conciencia para ella. Por un par de horas, al tiempo que la cerveza bajaba por su garganta, la había visto desfilar con un patucho bigotón y dos chicos de algún colegio fiscal. Mientras se perdía por el pasillo, ella volteaba la cabeza para besarle los ojos con un guiño. Él sólo sonreía y esperaba. Su turno pronto llegaría, ella dejaba de trabajar a las cuatro y pico.

Tenía pegada la camisa a la espalda, sudado y medio borracho no despegaba los ojos de las sombras que venían desde adentro de la casa. No se veía mucho, pero había estado tantas veces ahí que conocía cada metro y cada olor. Sabía que en cualquier momento saldría el adolescente con acné que nervioso la había invitado a pasar dentro. La sangre le hervía, la noche anterior la negra le había prometido que sería una tarde inolvidable.

Entonces la vió venir de entre la oscuridad, enfundada en un corto y ajustado vestido de algodón rojo, seguida por el colegial que terminaba de abotonarse la camisa mientras salían. Se miraron por un instante, con la misma intensidad con la que sus ojos se conectaban desde hace cerca de dos años. La negra enarcó las cejas y le hizo un ademán con la mano derecha. Como impulsado por un resorte, Víctor arrancó hacia ella, la abrazó por la cintura y le besó los labios. La negra se soltó algo extraña y empezó su procesión hacia el cuarto. Él siempre la seguía no muy de cerca, le encantaba ver su silueta moverse hacia la puerta de la habitación en la que casi a diario se encontraban.

Ya dentro ella no lo miraba y de espaldas a él se fue desnudando. Víctor se quitó la ropa a toda velocidad, la negra lo veía desde la cama. En menos de un minuto ya la penetraba con desesperación pero ella parecía un poco distante, distinta a cuando la sentía enamorada de sus mentiras.

De un momento a otro ella tomó el control, giraron quedando la negra sobre él. Entonces el ritmo de ella se volvió frenético llevándolo al éxtasis en pocos minutos. En el momento en que se dejaba llevar por el placer sintió un calor extraño recorrerle el cuerpo desde el cuello. Abrió los ojos y vió el rostro inexpresivo de la negra frente a su cara.

- Sé que te estás tirando a mi hermana, maricón - fue todo lo que alcanzó a oír, y aunque trató de mentirle una vez más, el corte en la garganta había sido muy profundo para dejarlo emitir sonido alguno.

1 comentario:

el boliviano dijo...

MALECÓN CON RAMÓN
Se seca la boca. La piel suda y se me pega a la camisa. No he besado a una reina en muchos meses.
¿Será que se viene otra lluvia?
Ramón no sabe mucho de lluvia, tampoco de reinas, camina mucho, no usa zapatos incómodos. Piensa en qué hacer. Siempre piensa en qué hacer, por eso nunca hace nada, pero piensa mucho. No sé qué será mejor.
Caminaba esta vez por el malecón antiguo. Es decir, caminaba en el malecón nuevo, pero con los ojos cerrados, pensando que era el malecón antiguo. Sintiendo el olor salado de verdad, ese que estaba diseñado por entradas de mares furiosas, por rocas que se desprendían y la basura real, la basura real de la ciudad. No como este nuevo malecón, armado como lego, pensando el turista.
We are very happy, welcome, please come in, oh this is my city.
You know?
And we can dance.
Uh ah, and we can dance again.
Bue, Ramón camina mucho esta vez. Más que otras veces, porque está pensando más. Va con los ojos cerrados y no choca con nadie ni con nada, por qué habría de hacerlo, si chocara se desconcentraría. Eso es importante, Ramón cree en el destino, en la energía universal en algo que permite que él fluya, que nadie se le cruce, que nada le estorbe, porque él avanza como el tiempo, silencioso, sin molestar a nadie, como un perro que acaba de llegar y no sabe cuánto tiempo va a estar aquí.
Ramón sí sabe. Va a tomarse un par de cervezas, al final, en ese patio de comidas con vista al mar. Va a leer el diario. Completito. ¿Por qué no? después irá al cine. Completito y solito. Sin dejar de pensar.
Ramón tropezó. Tropezó con Miguel Donoso Pareja que caminaba por ahí con los ojos abiertos. Ufa! Dijo Ramón. Huifa! Dijo Miguel. Un par de puñetes, fifofú. A seguir caminando, cada uno para su lado, cada uno por su camino. Ramón ya se va con los ojos abiertos. Y ve el malecón nuevo, con sus ojos de malecón antiguo. Por eso no quiere ir a las peñas, porque tiene ojos de malecón antiguo, y le duele encajarlos en esas maquetas very nice.
Por ahí pasaba Roldós. Fue fácil esquivarlo. Pero Roldos se le aparecio y le dijo, epa! Roldos es con tilde cabrón. Ramon escribio ramon sin tilde. Y con minúscula. Roldós lo acompañó a esa cerveza. Le contó que había perdido la beca, Ramón había perdido como 50 vacas. Pero él se iba a ir con su mina, ¿y? dijo ramón con tilde, ¿y? minas hay en todas partes, epa!, dijo otra vez y se puso su tilde Roldós. Con mi mina no, niñito viejo, con mi mina no te metas que te tira los perros.
Ramón scape from reality and se fue.
No se puede pensar con minúsculos atildados,
Al menos Roldós tenía una perra que le ladre. No Ramón. Ramón vive en departamento.
Si tuviera una perra le pondría de nombre chamaco, como el chamaco valdés como el chamaco mocoyano que se comía los mocos cuando eran amigos en el colegio.
Dale con que no pasa nada en este cuento, y qué va a pasar si lo advertimos al principio, Ramón piensa, no hace, así que difícilmente o infelizmente como diría un amigo que aparecerá más adelante en este relato, algo podría pasar. Por ahora lo único que podemos ver es a ramón, otra vez de minúscula con la botella de cerveza en la mano. Una Brahma, apoyado en la baranda, oliendo a guayas, buscando demonios en el río, llegando tarde a cada idea. Tratando de poner un poco de orden en su cabeza. Pero el vacío es feroz.
El frío no, porque en esta ciudad nunca hace frío, nunca jamás, como en Lima que nunca llueve, nunca jamás, raras ciudades, por eso nadie pasa por aquí, ni por allá, porque se siente raro en una ciudad sin frío o sin lluvia. Ufff esta parte debería ser borrada por aburrida, pero a ramón le encanta. Me pidió que no se me ocurra borrarala.
¿Y qué? Nada, ramón sigue enminusculado, apermasado, empotrado en esa baranda maleconiana, pensando. Chorreado como you are always on my mind de elvis.
En esta parte entra el amigo del que les hablé. Duboqui, gritando, pateando, pisando fuerte con botas impecables, infelizmente pasa muy rápido y no ve a ramón. Algo bueno podría haber pasado. Pero el hipnotismo es tenaz y hoy andan todos hipnotizados de malecón.
Tire la cadena, please do not flush a lot.
Ramón se acerca a una chica, una boletera del MAAC, y deja caer unas palabras, ¿Y?, bue, lady MAAC las recoge y le devuelve otras. Y enrolla con versos a ramón y se enamora Ramón, otra vez, otra vez hoy, y la chica se siente bien y lo acompaña, y se van de la mano por el malecón nuevo. Y Ramón la invita a Cuenca porque le parece buena idea y ella acepta porque Cuenca debe ser muy distinta con un Ramón.
Se van de la mano, pensando él, hablando ella, sometiéndolo a su lengua que se vuelve cada vez más distante, y esa lengua atrapa árboles y paisajes y los mete en la cabeza de ramón, y coloca de pronto recuerdos y anécdotas y la historia del brasilero que la mandó al carajo hoy, y poco a poco empezó a llenar ese espacio vacío con sus ideas, con las ideas de la lady, la cabeza de ramón no es tonta, y sabe que no hay espacio para 2 y le ordena al cerebro, que le diga al nervio que le diga al cuello que le diga al tronco que le diga a la cintura que le diga al muslo que le diga a la rodilla que le diga a la pantorrilla que le diga al empeine que le diga a los dedos que le den una patada en el culo a esa mujer porque jode mucho.
Y ella se enojó porque el pegó una patada en el traste. Y todavía ni salían del malecón y ya, ella otra vez a la boletería, él otra vez por ahí. Esta es la parte romántica y sí lo es, porque la mayoría de los hombres no escuchan a sus mujeres, por eso es romántico ramón, pero es que escuchó mucho, y no es que la mujer sea el problema, para nada, tratando de ser objetivo, ramón fue un exagerado.



Climax.




Disperso él fluyó, armonioso, hermético, se subió al techo de ese bar y empezó a escalar los cables de esa gran torre, sobre el malecón, al costado del río, los niños se reían, los adultos lo querían bajar, pero ramón es un buen chico. Desde aquí se ve roldós vio. Le iba a escupir pero había mucho viento. Subió hasta el tope. Arriba, muy arriba, al borde del silencio más grande de la semana. Y abajo todos gritaban y los gringos sacaban fotos. Y llegaron bomberos y los guardias del malecón que nunca saben qué hacer, y se armó todo un lío, y llegaron hasta arriba, y lo obligaron a bajar y él quizo bajar porque ya había mucho ruido, porque metían mucha bulla, y él, a fin de cuentas, lo único que quería era sentirse un rato como en el viejo malecón, donde nadie jodía, donde nadie se acercaba y a nadie le importaba nadie y el que quería podía pensar tranquilo.