lunes, mayo 15, 2006

Vinieron un martes

La noche anterior habíamos decidido salir muy temprano en la mañana. Las maletas y demás bultos estaban ya empacados en la camioneta. No todos partiríamos ese día, mi papá y mi hermano mayor decidieron que se quedarían un día más para aprovechar el último día de la temporada de pesca. Una excelente elección, porque a eso de las seis y media el sol aparecía entre las montañas anunciando un bello día de verano.

Los que ya extrañábamos demasiado a la ciudad, nos embarcamos en un viaje que duraría unas tres horas, incluida la parada obligatoria en el pueblo donde compraríamos bizcochos y arrope de mora. La carretera flanqueada de eucaliptos se nos abría totalmente despejada, sin tráfico en dirección contraria o a favor. La pesadez de esta tranquilidad me vencería ni media hora después de haber tomado camino. Me arrimé al hombro de mi hermana y dormí plácidamente hasta que el frenazo de mi madre me hizo abrir los ojos.

Mi hermana tenía un arranque de histeria, gritaba y pedía que la dejaran bajar; cuando logró lanzarse fuera del vehículo, su novio la siguió imitando el caminar y los gruñidos de un chimpancé. Mi abuelo hablaba en una extraña lengua que apenas podía entender hacia alguien al otro lado de la ventanilla del pasajero. La escena era por demás extraña.

Abrí la puerta trasera, la izquierda, y me bajé para hablar con mi mamá que era la única que permanecía sentada en su lugar, inmóvil, pero sin ninguna manifestación extraña.

Cuando estuve a su lado y pude ver su rostro noté que mis esperanzas de encontrar calma en ella no existían. Sus manos aferraban el volante con mucha fuerza. Gotas enormes de sudor emanaban de cara poro de su piel. Sus ojos, oh sus ojos: Sólo terror se reflejaba. Le pedí que me explicara que había pasado, a lo que sólo pudo contestar:

- Los perdimos, los perdimos...

-o-

Viajábamos por cerca de media hora. El día era hermoso y el camino despejado.

De pronto empezaron a aparecer al costado del camino autos parqueados, algunos con pasajeros, otros con personas cerca adentrándose en el bosque, corriendo y gritando. Mire por el retrovisor y sólo Mario dormía, todos los demás contemplabamos con miedo la desesperación de estos pobres infelices.

Aceleré la velocidad del auto, tratando de escapar de no sé que, cuando de pronto empezaron a aparecer de lado y lado de la carretera hombres altos y delgados, vestidos con trajes verde lima, bufandas, gorras, mochilas y gafas. Podíamos sentir sus ojos clavarse en los nuestros haciendo que el miedo crezca a niveles que nunca había conocido. Los pasábamos y veíamos como ellos se internaban enseguida en el bosque, como en silencio reían dentro de nuestras cabezas.

Aceleré más pero fue algo inútil, pues cuando llegué a la cima de la loma y pude ver a Ibarra en llamas, comprendí que no sólo nosotros seríamos sus víctimas. También irían por mi esposo y mi hijo que se habían quedado en la cabaña de mi padre, unos cuantos kimlómetros atrás.

Frené y me di por vencida. La victoria era de ellos.

3 comentarios:

novalis dijo...

A veces la necesidad de escapar es tan imperiosa que en lugar de aparecer en un mundo mejor, el delirio te puede estrellar contra el mas antiguo de los espejismos

ArleDjinn dijo...

acabo de cometer un delito: publiqué uno de sus cuentos en

http://www.fotolog.com/psycho_design/

No me robé la autoría. Dejen un mensaje si quieren que lo retire.

ADios. =)

OZNES dijo...

hola, vi´sítame, y leeme... creo que somos amigos y no nos hemos dadi cuenta