martes, diciembre 07, 2004

Química explosiva

Espero no tengan problema en que sea un relato erótico...

Acostada en el piso disfrutaba una amena lectura. Reía, a carcajadas, como le gusta reír. Esa risa sonora, salida del alma, desde lo más profundo de su ser. Él, se encontraba en la habitación, trabajando, y escuchaba al fondo las notas de la risa de su compañera.

¿De qué te ríes, ah? ? Le preguntaba de manera curiosa.
Pero ella no paraba de reír, era esa clase de risa que por más que uno trata de controlarla, no puede. Esa clase de risa que tiene vida propia.
Él se acerca y la observa, tendida en el piso, con una sonrisa pintada en sus labios, en esos labios gruesos que a él le encanta morder, absorber, chupar. Y la observa, a los ojos, con una mirada escrutadora, tratando de descifrar el porqué de su risa, la razón de su felicidad. Ella, lo observa desde el suelo, absorta, contemplándolo desde un ángulo tan excitante, teniéndolo tan cerca. Le enseña la lectura, los dibujos, y vuelve a reír. Pero ahora eran dos notas distintas ya que la risa de él le hacía compañía.
Dejando a un lado instantes, segundos, el tiempo transcurrió, y él se acercó más hacia ella. La miró más cerca y ella pudo notar un brillo en sus ojos, a la vez que se reflejaba en los mismos. De repente sus labios se unieron en un beso, en un juego de lenguas y de deseo. Los latidos empezaban a acelerarse al compás de la respiración que se agitaba. Más? más rápido? cada vez más? Y los besos seguían, las lenguas se cruzaban, salían y entraban? Trazaban caminos, senderos, rutas de placer, de ansias, de ganas, de hambre. Porque eso se tenían, hambre. Deseaban devorarse hace mucho tiempo pero no lo habían podido cumplir. Sin embargo, había llegado el momento.
Ahí tendidos en el piso, empezaban a disfrutar del placer que las hormonas pueden provocar en el cuerpo, en la carne. Ella sintió una lengua fogosa recorriendo su cuello, subiendo a su oreja, rozando su lóbulo y hundiéndose. La volvía loca, se volvía loca. Ella respondía con un mordisco, en el hombro derecho, en esa zona musculosa, tan dura y estrujable. Porque eso le gustaba hacer. Jugaban con sus manos, arrebatándose el poder entre ellos. Sus dedos se perdían entre las líneas de sus cuerpos, dibujando contornos, marcando el camino recorrido.
Ahora ella se incorpora y se sienta encima de él, a horcajadas. Los dos todavía con sus prendas puestas, obstaculizando parte del placer. Se miraban, aunque ella no tanto. El placer la hacia cerrar los ojos para disfrutarlo más, pero también, existía una razón callada. Un argumento oculto, una especie de hipótesis, por la cual no siempre lo mira a los ojos mientras se debaten de placer.
Ella juega con la música, moviéndose al compás del ritmo. Y vuelve a reír. Él, la observa de nuevo, sin saber, que una de las cosas que más disfruta hacer ella en el acto es reír. La hace sentir mejor, libre, suelta.
Los dos se levantan y ella sigue moviéndose al compás de la música, así que él le sigue el juego, porque a los dos les gusta jugar. Empiezan una danza, a moverse de manera unísona, como uno solo. Son dos cuerpos, pero en esos momentos, se fusionan. Dejan de ser ella y él, dejan de ser dos entes, y se convierten en uno. Y ella sigue bailando y él la sigue a ella.
La locura sigue, los arrebatos van de la mano. Él la arrincona contra el clóset, dejándola sin salida, sin escapatoria. Sus bocas siguen unidas, desbordando placer. Sus manos se recorren los torsos desnudos. Él baja a sus pechos, los toma entre sus manos, los pellizca con sus dedos y ella suspira, lanzando un leve gemido. Se acerca a ellos y los besa tiernamente para luego empezar a chuparlos. Esa lengua caliente, recorriendo frenéticamente sus pezones, ahora abultados y grandes. Cierra los ojos, disfruta, gime, goza.
Como a ella le gusta ser recíproca, tiene que devolverle el placer brindado. Así que le toca su turno y lo arrincona contra la puerta. Le lanza una mirada de lujuria y empieza a bajar lentamente por su dorso besándolo, mordiéndolo. Se arrodilla frente a él y empieza a desabotonar el jean. Ya siente el calor que se ha originado ahí dentro. Baja el interior y extrae un miembro erecto, grande y duro. Observa por última vez los ojos de su compañero, los cuales expresan placer, en una mirada tan profunda y penetrante. Luego engulle todo su miembro, lo lame, lo disfruta, como si fuera un postre, un helado, de su sabor favorito. Y pareciera como si se fuera a derretir porque lo empieza a lamer más rápido, con más ganas, con ansias locas, de devorarlo, comérselo todo. Lo suelta momentáneamente y observa sus testículos, en un ángulo y encuadre tan simétricamente perfecto. Primero lame una, con la puntita de la lengua, y se alegra al sentir un respingo en el cuerpo de él. Luego, lame completamente una, pasa a la otra, y vuelva a jugar, ahora con ellas. Mete una en su boca y la acaricia con su lengua, succionando, absorbiendo. Después la otra, y repite el mismo ritual. Las saborea. Su mano empieza a subir y a bajar por el miembro de él, volviéndolo loco de esta manera.
Él la levanta en sus brazos y la conduce a la cama, sin dejar de besarse, de sentirse. El calor que emanan se vuelve deliciosamente insoportable. La acuesta boca arriba y empieza a acariciarla, haciéndola vibrar de placer. Se miran, alimentándose de la mirada del otro. Él se ubica encima de ella, retirando el cabello de su rostro, para poder observarlo mejor. Ella vuelve a reír, sabe que su cabello siempre se entromete, pero también sabe que él no tiene reparo en acomodarlo de nuevo. Empieza a besarle el cuello, bajando por sus pechos, su estómago, le muerde la cintura a propósito, porque sabe que eso la hace reír al producirle cosquillas. Y ríen los dos, risas cómplices del placer.
Ella ya no aguanta más, desea sentirlo dentro de sí, desde hace ya mucho tiempo. Y él lo sabe, aunque lo callaba. Vuelve a subir hasta la boca de ella para besarla nuevamente, se refleja en sus ojos, le muerde la oreja y luego coge su miembro y lo introduce. Ella suelta un gemido lleno de placer. Los dos empiezan una danza, al compás de su cuerpo. Ella le acaricia la espalda, hundiéndole las uñas.
Las gotas de sudor empiezan a caer entre cada embestida de sus caderas. Ella se aferra de la cabecera y él le toma las manos, entrelazando sus dedos. Se besan, se muerden, se alocan.
Y así, siguen disfrutando, haciéndose el amor, viviéndolo, sintiéndolo. Ella no sabe si eso es amor o una simple locura momentánea. Tampoco sabe a ciencia cierta lo que él pueda pensar o sentir. Sólo sabe que juntos provocan una química explosiva. Y eso, también lo sabe él.

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