jueves, diciembre 24, 2009

La leyenda de la princesa mona

Cuenta la historia que tiempo atrás nació una princesa, oculta en un rincón del planeta cubierto de espesa selva, con flores de muchos colores, ríos de un azul interminable y mares que parecían sonrerír con cada ola.

Su padre un mono muy especial, llamaba la atención de toda la selva pues no sólo era sabio, tenía también unos profundos ojos azules, poco común para un mono de obscuro cabello, por ello lo buscaban siempre en busca de consejo, era el rey aquella selva.  Reconocido y querido por todos los macacos de la región.

El día que se enteró que iba a ser padre, se trepó a lo más alto del árbol más grande de la selva; aulló, corrió y saltó de felicidad hasta no poder más, los animales de la selva no entendían que pasaba, unos reían y creían loco finalmente se había vuelto.

Llegado el día del nacimiento la selva parecía un arcoiris, animales de todos los colores estaban allí, los tapires todos en fila esperando a que saliera el rey con su retoño entre brazos, un receloso jaguar miraba todo a lo lejos en una rama, las serpientes cuchicheaban sin parar y las garzas bailaban y daban vueltas sin cesar.

Finalmente apareció el rey con su princesa en brazos, una pequeña monita de ojos saltones, con una cabeza tan pequeña y redonda que parecía que tuviera un diminuto casco de soldado protegiéndola.  Mamá y papá estaban tan monos como se podía esperar de una familia de monos, al fin tenían a su princesa en el hogar.

Poco tiempo pasó antes de que la pequeña princesa mona comenzara a brincar sin cesar, yendo de rama en rama, volviendo locos a todos los animales de la selva, mientras corría se aprendía los nombres de cada árbol y animal a su paso, volviendo siempre al final al regazo del rey poniendo una inocente cara, como queriendo decir, yo no fui.

Siguió su carrera contra el tiempo entre frondosos árboles, y digo contra el tiempo pues siempre le parecía que el día no era suficiente para todo lo que quería hacer, pasó adornando la cabeza de los incautos tapires, escondiéndole las bufandas a los búhos en el invierno y dándole más de un susto a los lentos perezosos.  Inquieta y risueña, era querida por todos a pesar de sus travesuras, además de ser siempre atenta cuando la necesitaban.

Llegó sin embargo el día en el que debió aprender a vivir fuera de aquel reino, lejos del árbol familiar que la cobijó, despedirse de los ojos profundos y azules del rey mono y escuchar por última vez un regaño de mamá mona, era el momento de escribir su propia historia, crear su propio reino y buscar su propio árbol familiar.

Este no es el final de la historia, pues la princesa mona en su camino muchas aventuras encontró, pero aún no es el momento para contarlo, ni yo soy el narrador para hacerlo, esperaremos atentos al regreso de la princesa mona y sus cuentos.