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lunes, junio 28, 2010

La moneda más bonita

- ¿Qué estás haciendo?

Vero estaba hurgando en su monedero. Sacaba monedas, las observaba, las limpiaba y dejaba a un lado.

- Oye, ¿no me escuchaste?
- No, esta no me gusta -susurraba para sí Vero- mmm... esta está vieja. No, no, esta tampoco.

Vero abrió el cajón, sacó una cajita de madera y una pequeña llave, giró la cerradura a la izquierda y abrió la alcancía. Corrió a la cama y regó todas las monedas sobre la sábana turquesa.

- Ven, ayúdame a separar las monedas.
- ¿Para qué? No entiendo lo que estás haciendo.
- Necesito ver todas las monedas de 10 centavos que tengo.

Empezó a sacar las moneditas de 1 centavo, habían bastantes. Algunas de 25 y un par de euros que le había regalado su hermano.

- No, ninguna me sirve.

Volvió a meter todas las monedas en la alcancía, la cerró con llave, agarró su bolso y salió del cuarto.

- ¿A dónde vas?
- A la tienda - gritó Vero- necesito encontrar la moneda más bonita de 10 centavos.

jueves, mayo 04, 2006

El viaje a la luna

Julián era un niño de 7 años que quería viajar a la luna. Siempre la observaba desde la ventana de su cuarto y creía que estando allá arriba se divertiría muchísimo y sería muy feliz. Un día, sus padres compraron un televisor nuevo y botaron una gran caja de cartón a la basura. Julián no lo podía creer, había encontrado su nave espacial. Le dibujó todo un panel de control, idéntico al de una película que vio un par de noches atrás, de unos astronautas que surcaban el espacio. Luego de tener su nave lista, llamó a sus mejores amigos del barrio, un astronauta no podía viajar solo pensó. Carlos, Leo y Pepe se entusiasmaron tanto que fueron a buscar algún disfraz para ponerse, los astronautas tienen trajes especiales pensaron también. Llegada la noche salieron de sus casas y se dirigieron al parque. Julián ya los esperaba ahí con la nave. Era espectacular, una nave de verdad. Se acomodaron y luego de abrocharse los cinturones despegaron. Fue un viaje un poco turbulento pero llegaron sin ningún problema. La luna era fabulosa, mucho más bonita que cuando se la veía desde la Tierra. Se bajaron de la nave y empezaron a jugar a las escondidas. Con todos los cráteres y el terreno desigual, habían un millón de escondites. Luego jugaron a las cogidas y así fueron explorando toda la luna. Pasaron algunas horas hasta que ya se les hizo tarde, pero estaban tan cansados y se habían divertido tanto que no quisieron viajar de vuelta tan pronto, así que se acomodaron cerca de la nave y se quedaron dormidos. Al día siguiente iban a volver a jugar y luego regresarían a la Tierra. El problema fue que nunca regresaron, porque nunca despertaron. Cuando se quedaron dormidos empezó a nevar, amaneciendo sus cuerpos congelados e inertes. Todo el viaje había estado en su imaginación.

jueves, marzo 09, 2006

Niño

- ¿Por qué quieres que vuelva a ser un niño? - preguntó atemorizado Sebastián. - Porque los niños poseen algo valioso, que con la edad se va perdiendo: la capacidad de asombro - contestó el pequeño hombrecillo - Si me le aparezco a un niño él pensaría "¡Wow! Un hombrecillo acabó de aparecer en mi cuarto", en cambio, si me le aparezco a un adulto lo primero que piensa es "¡Esto no puede estar sucediendo! Un hombrecillo acabó de aparecer en mi cuarto y eso no tiene sentido". Desde ese día Sebastián volvió a convertirse en un niño...

lunes, diciembre 12, 2005

El fin lo decido yo

El teatro estaba casi vacío, sólo un par de animalitos alados revoloteaban cerca de las luces. Una se había quemado así que el asistente había salido a comprar un repuesto. Él se encontraba en el camerino, convirtiendo su rostro en el personaje en el cual había trabajado durante 3 meses, los martes y viernes, durante la noche. Lo había elaborado tan fantásticamente que confundía continuamente la realidad con la ficción. Segio se llamaba, el personaje, no él. Y es que tanto se ha confundido mi protagonista que me hace dudar a mí de su verdadero nombre. Sí, su nombre real es Mario, Mario Andrade, un gran nombre según él. Delineaba el contorno de sus ojos con un lapiz de color plateado. Sus mejillas estaban más pálidas de lo normal, debido al exceso de base que debe colocarse. El traje blanco se encontraba colgado del armador, listo para ser usado, para ser sentido. El público empezaba a ingresar a la sala, los asientos numerados, la música ambiental en el tono perfecto. Primera llamada... Segunda... Tercera llamada... Las luces se apagaron y el teatro quedó a oscuras. Los aplausos no se dejaron esperar. El asistente ya había colocado el repuesto del foco y se encontraba al costado del telón, listo para abrirlo. Le dieron la señal y presionó el botón. La tela se deslizó produciendo un leve sonido a la par que las notas de una melodía se empezaban a escuchar. Un haz de luz alumbró el centro del escenario donde se encontraba una silla vacía. ¿Vacía? No, no puede estarlo, ¿dónde está Mario? - se preguntaron en el master. Lo siento, decidí matarlo justo después de abrocharse el último botón de su traje blanco, ahora, manchado de rojo...

lunes, diciembre 05, 2005

Besos de sobra

- Te mando 5 besos... - Jeje, con uno era suficiente pero bueno, guardaré el resto para cuando me hagan falta...

miércoles, septiembre 21, 2005

Pensamientos suicidas

La soledad siempre la acompañaba, por eso nunca se sentía sola, aunque no hubiera nadie a su alrededor. Cuando todos salían al receso ella se quedaba sentada en el mismo lugar. Le gustaba el sonido de una clase vacía. Las mochilas al pie de la banca, los cuadernos cerrados al apuro y las sillas desordenadas era lo que sus compañeros dejaban entre risas fingidas y bromas repetidas. Un cabello tupido de color oscuro se reflejaba sobre la ventana, rebotando un rostro imperfecto, como su alma, como su vida. 8:09 de la noche, ya mismo subiría el profesor con los alumnos, será mejor que guarde el estilete. En otro momento tratará de no sumergirse en sus pensamientos y cortar de una vez por todas su tiempo de vida.

jueves, julio 14, 2005

Palabras

Se encontraba sentada en la puerta, no quería escuchar esas palabras que retumbaban en las paredes de la habitación. "Incitan", "buenas notas", "le hizo caso". Esas frases semi captadas eran borradas rápidamente de su memoria. Pero se estaba negando una realidad que venía escuchando hace más de dos semanas. El problema estaba ahí, latente en su ser. "Entonces la psicología determina" rozaba sus oídos mientras su mirada se perdía entre las hojas de un frondoso árbol. Corría una leve brisa que bajaba de la montaña, trayendo consigo los sonidos del bosque y el aroma de la tierra húmeda. Un ángel de color apareció suavemente ofreciendo una delicia para el paladar. "Espero le guste" dijo con una sonrisa antes de desvanecerse. Ya lo había visto un par de veces. Siempre alegre, siempre contento. "Que no sirve, que no valen" volvió a escuchar decir a esa persona que no paraba de hablar, porque le estaban preguntando constantemente todo lo que sabía. Tenía sueño, sus párpados se cerraban repetidamente y se le dificultaba mantenerlos abiertos. "El mismo hecho de ser mujeres" fue lo último que logro escuchar. El cansacio ganó la batalla, dejándola profundamente dormida mientras la brisa soplaba sus cabellos.

miércoles, junio 15, 2005

Sin fin

Siempre contemplaba el atrapa sueños que colgaba del techo de su cuarto antes de quedarse dormido. La suave brisa que se colaba por su venana lo hacía danzar lentamente, arullando a Marcelo como un bebé en su cuna. Un incienso, a punto de consumirse, regalaba un aroma dulzón a la pequeña habitación. Todo eso le recordaba esa noche en que su novia se sintió incómoda cuando él deslizó su mano por su espalda. No lo hagas - le dijo - ahí se encuentra mi alma, justo en mi espalda...

miércoles, mayo 11, 2005

La habitación

- Estas puertas son diferentes a las que conoces... - le oyó decir a la chica. Mientras tanto, la puerta se deslizó y se cerró suavemente.

Reaccionando, trató de buscar un picaporte para abrirla, pero no había nada.

- ¡Dios mío! - fue lo único que salió de su boca- me parece que no puede abrirse desde adentro. Nos han encerrado a los dos.

Ella lo miró con tristeza y dijo:

- A los dos no, a uno sólo... - pasó a través de la puerta y desapareció.

Odiaba seguirle los tontos juegos a Pamela. Siempre lo metía en problemas y en el momento menos indicado, lo dejaba solo, para que se las arreglara como pudiera. Había caído nuevamente en su trampa.

Empezó a buscar alguna seña en la puerta, alguna cerradura o manija, pero no encontró. Se dio la vuelta y empezó a recorrer la habitación a tientas, ya que entraba poca luz y no lograba iluminarla lo suficiente. Llegó hasta una ventana desde la cual pudo observar la calle desierta, iluminada por un pequeño farol que se encontraba en la esquina. Debían de ser las 3 de la madrugada aproximadamente. Pamela lo había despertado justo a las 12, como siempre lo hacía.

La escasa luz que entraba desfiguraba los viejos muebles que se encontraban dentro. La lámpara de piso formaba una sombra que se proyectaba monstruosamente contra el techo. Los muebles, cubiertos por una espesa capa de polvo, reposaban silenciosos, sin haberse usado hace mucho tiempo. La madera del piso crujía en ciertos espacios, por donde Rodrigo caminaba.

- ¡Pamela! ? gritó furioso mientras golpeaba con su puño la puerta - ¡Regresa en este instante y sácame de aquí!

Una ligera risa burlona se escuchó en lo alto de la habitación, mezclada con la ventisca que se coló por una rendija en la pared. Rodrigo no sabía si fue sólo su imaginación que le jugó una broma o su querida amiga se encontraba todavía con él en la habitación. Giró sobre su propio eje para observar nuevamente la estancia, escudriñando con su mirada cada lugar semi iluminado pero no encontró a nadie.

Empezó a caminar de nuevo, haciendo sonar las tablas de la vieja casa, mientras buscaba una salida. La ventana se encontraba sellada y resguardada con unos barrotes por afuera y la puerta no tenía forma de abrirse por dentro, entonces, ¿cómo entró en primer lugar a esa habitación? De repente, Rodrigo sonrió aliviado.

Cerró los ojos por un momento, respiró hondo y los volvió a abrir. Observó por última vez lo que había sido su habitación y caminó hacia la puerta, traspasándola de la misma manera que lo hizo al principio su amiga.

miércoles, abril 13, 2005

Sueño eterno

Susana yacía profundamente dormida, acomodada entre las almohadas de su cama, soñando en el último cuarto de la casa, al fondo del largo pasillo a la izquierda. - Sí, es por acá, ven conmigo - susurraba entre una respiración cortada, producto de un balbuceo apenas entendible debido al estado REM en el que se encontraba sumergida. - No tengas miedo, no voy a lastimarte... todavía. - ¿Quién eres? ¿Qué haces en mi sueño? - He venido de visita. Me aburrí de la isla desierta en la que soñaba tu hermana y vine por acá para ver qué me encontraba. ¿A dónde llevabas a ese niño? - ¡A ti qué te importa! Es mi sueño, vete de aquí. - No todavía, hay algo que debo hacer primero. Y el misterioso visitante atravesó como un fantasma a Susana, provocándole un intenso dolor en el pecho. Susana despertó y se incorporó, sintiendo todavía el dolor insoportable, el cual le obligaba a brotar lágrimas que se escapaban de sus ojos. Sentía cómo su corazón se estrujaba dentro de ella y por más que trataba de gritar, para pedir ayuda, su boca no emitía ningún sonido. Y cuando creía que ya no lo iba a soportar más, el dolor cesó y Susana volvió a caer dormida. - No tengas miedo, no voy a lastimarte... todavía - le volvía a decir el extraño hombre a Susana. - ¿Quién eres tú? ¿Qué lugar es este? ¿Qué... qué..? Y Susana no volvió a despertar jamás.

lunes, febrero 21, 2005

Continua con la historia

- No te vayas por favor... No todavía... - suplicaba Andrea, entre sollozos. Se encontraba sentada en el piso, sobándose el tobillo, luego de haber perdido el equilibrio y desmoronarse en el piso de la habitación. wr276 ==> Pero él no regresó. Ver que detrás de esa puerta que siempre conoció cerrada se encontraban las cartas de su madre era la último que le perdonaría. ... ayúdame a terminar la historia... =o)

viernes, febrero 11, 2005

Esperando bajo la lluvia

Sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia que rodaban por su rostro. Ya llevaba media hora lloviendo y Pablo, con su chaleco azul y sus zapatos de caucho, no se movía del paradero de buses. El frío empezaba a calarle los huesos, sin embargo sabía que pronto iban a regresar por él. Una pareja pasó rápidamente por delante de Pablo, tratando de aguarecerse en algún lugar, tropezándolo ligeramente, pero él no se inmutó, ni ellos tampoco. No dejaba de llorar y no dejaba de esperar.

40 minutos contaba en su reloj mientras una camioneta se estacionaba en la esquina, un hombre bajaba apurado con unas fundas y se perdía detrás de la puerta de su casa. Pablo ya había perdido la cuenta de cuántas veces había visto la luz roja del semáforo, igual, ya no le interesaba.

55 minutos habían pasado y el cuerpo de Pablo empezaba a desistir. El agua le chorreaba en todo el cuerpo a la par que sus ojos empezaban a cerrarse del cansancio cuando de repente los vio. Justo en la acera de enfrente se encontraban, protegiéndose bajo un paraguas. Pablo quiso gritarles pero ningún sonido salió de su boca. Trató de mover los brazos para que lo vean, pero se encontraban tan entumecidos que por más que su cerebro les diera la orden, estos se rehusaban a moverse. Los observó profundamente, tratando de llamarlos con el pensamiento, pero tampoco funcionó.

Un taxi se detuvo frente a ellos y procedieron a subirse, tratando de cerrar el paraguas rápidamente. El motor arrancó y a los pocos segundos se disolvieron entre la espesa neblina de la noche. Pablo, nuevamente solo, se desvaneció entre las sombras de la ciudad. Mañana, a la misma hora, volverá a esperarlos con ansias, deseando que esta vez lo puedan ver y regresar con ellos a casa.

domingo, enero 30, 2005

El sueño de Rafael

No quería levantarse en ese momento. Se encontraba muy cómodo sobre su colchón, y el sólo hecho de pensar en todo el día que le esperaba por delante, le hacía desistir en su vano intento por tocar el frío suelo con sus pies.

La alarma volvió a sonar y Rafael la volvió a apagar. "15 minutos más" pensó para sí mismo mientras programaba su celular. Se dio media vuelta y cayó nuevamente en un sueño profundo.

Se encontraba parado al pie de un callejón, un perro ladraba incesantemente desde una de las casas vecinas. Un farol dibujaba la difusa sombra de un hombre con sombrero parado frente a Rafael.

- ¿Dónde está? - le preguntó el misterioso hombre - ¿La trajiste contigo?

- Sí, pero primero tienes que enseñarme lo que me prometiste - respondió Rafael.

- Un trato es un trato, y mi palabra no miente. Sígueme, te enseñaré el secreto de la felicidad eterna.

El hombre le dio la espalda y empezó a caminar por el callejón, seguido de cerca por Rafael, un poco inseguro, puesto que la poca iluminación que había se alejaba cada vez más de ellos.

Llegando al final del callejón el hombre se detiene y Rafael lo hace detrás de él.

- Muy bien, ha llegado el momento, pero antes, quiero que me respondas una sencilla pregunta.

- ¿Cuál?

- ¿Qué es la felicidad para ti?

Rafael enmudeció por completo, a la par que su mente empezaba a dar mil revoluciones por minuto. Las ideas se atropellaban entre ellas. "¿Qué es la felicidad? Tenerlo todo, no sufrir, sonreír, ¿qué sé yo?" fue lo primero que se le vino a la mente. Sin embargo, no parecía la respuesta correcta, sentía que faltaba algo más, que estaba incompleta. "Por algo quiero que él me enseñe el secreto, porque yo no lo sé... ¿Qué clase de pregunta es esa?", le reclamó una vocecita dentro de su cabeza.

- Veo que no sabes qué es la felicidad... A la final puedas responderme entonces dónde crees que puede estar.

"¿Dónde? Si por algo se lo estoy preguntando... ¿Qué diablos le pasa? Me ha tenido sueño tras sueño siguiéndolo", se apresuró a criticar aquella incesante voz que Rafael muy bien conocía.

- No lo sé... por eso deseo que usted me lo enseñe - articuló pausadamente luego de callar todas sus ideas.

- Mmm... no es la respuesta que esperaba, pero bueno, te di mi palabra. Ahora, entrégame lo que te pedí.

Rafael hurgó en el bolsillo derecho de su pantalón y sustrajo una pequeña cajita de color negro. La observó por un momento y luego se la entregó al hombre.

- ¿Estás seguro que esto es lo que pedí? - le preguntó el hombre a Rafael.

- Sí, tal cual como usted me dijo... mi más grande deseo se encuentra ahí dentro. - respondió con el brazo aún estirado.

- Muy bien. Terminemos este asunto de una vez.

El señor tomó la cajita y la encerró en su puño, respiró hondo y abrió su boca, sin embargo, no pronunció palabra alguna. Por el contrario, sonrió, en tono cómplice. Eso desconcertó a Rafael.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué sonríes? - preguntó Rafael preocupado.

- Ya va sonar la alarma... es mejor que esta vez la apagues y te levantes... te espera un largo día por delante...

miércoles, enero 26, 2005

¿Eres tú? 2da parte

¿Eres tú? - le volví a preguntar al chico que ya había conocido. - Todavía no sé si lo sea, pero... intentemos... dame una oportunidad... veamos si resulta... Y en eso estamos ahora...

viernes, enero 21, 2005

Las voces de Lorena

Se encontraba sola, como quiso estarlo desde aquel fatídico día en que por la tarde, cuando el cielo toma un color melón y las nubes parecen algodones de azúcar, su madre se marchó al otro lado del oceano. Sentada, al pie del malecón, contemplaba el río, los lechugines asesinos y las ramas que navegaban sin fin. La brisa despeinaba su frondosa cabellera y le cubría los ojos. Ya empezaba a bajar el sol, la hora preferida por ella, cuando ya no está tan iluminado mas todavía no gana espacio la noche. Su mirada se encontraba perdida en el horizonte, entre esos montículos de tierra verde, con la mente en blanco y sus brazos apoyados en el barandal. Se encontraba ensimismada hace más de media hora, sin darse cuenta que la ciudad corría detrás de ella. El llanto de un niño le hizo regresar a la realidad y al voltear, pudo darse cuenta que el nene se encontraba en el suelo, envuelto en lágrimas. Lorena se acercó para ayudarle y cuando estuvo a punto de cogerlo, una señora se lo arrebató de los brazos, con expresión de enfado y se fue caminando. "¿Por qué la gente es tan desconfiada?", se preguntó Lorena. Uno sólo trata de hacer algo bueno y lo malinterpretan. "Claro, pero cuando se dan cuenta que eres amable se aprovechan de la situación y se te suben hasta el hombro", le reprochó una vocecita dentro de su cabeza. "Sí, pasa... pero eso no significa que dejes de ser amable con los demás, no seas extremista", habló una segunda voz en tono enfadado. "¿Qué está pasando acá adelante? ¿Por qué están discutiendo?", se escuchó desde el fondo de la cabecita de Lorena. "¡Oigan! ¡Acá está! ¡Ya la encontré! Ten listo el sedante", gritó a lo lejos un joven vestido de blanco. Y así, Lorena fue llevada de vuelta a su cuarto, del cual se había escapado por cuarta vez. Ya no dejarán que vuelva a pasear por el patio.

jueves, diciembre 16, 2004

Un despertar diferente

Ese día se levantó dejando a su mente todavía acostada en la confortable cama. Caminó al baño y sus pasos se quedaban rezagados detrás de ella. Mientras se lavaba los dientes, observó su rostro frente al espejo y se dio cuenta que no era el mismo de siempre, algo nuevo tenía, o peor aún, algo faltaba. Con la boca espumosa por la pasta se detuvo, el agua salía a chorros del grifo sin cerrar, su mano izquierda estaba posada en la llave, inmóvil. Vio sus ojos, seguían ahí; su nariz también; su boca y sus orejas se encontraban exactamente en el mismo lugar. Su cabello, que había teñido de caoba el día anterior se encontraba como todas las mañanas, despeinado y desarreglado. ¿Qué faltaba? se preguntaba Verónica. Siguió con su rutina y a las 8y30am salió de su casa, rumbo al trabajo. Su ser se encargó de cerrar con llave las dos puertas ya que ella se apresuró a coger el carro. Llegó a la oficina tan apresurada que casi se golpea contra su colega, pero pudo esquivarla justo a tiempo. Sin embargo cuando se disculpó ella no le contestó y siguió caminando. "Ha de estar contra el tiempo" pensó para sí misma. Se ubicó en su cubículo y se extrañó al no ver la cantidad usual de papeles encima de su escritorio de cosas por hacer, por revisar y por despachar. Recordó que era viernes, día de pastelillos en la cafetería, así que se levantó y se dirigió a la misma. Paró en el bebedero para tomar un poco de agua y fue ahí cuando se dio cuenta. Ya comprendió lo que le faltaba, al ver el tablón de noticias frente a ella. Porque no le faltaba alguna parte de su cuerpo, sino todo en su totalidad. Ya que había un cartel que rezaba "Que descanse en paz nuestra querida Verónica".

martes, diciembre 07, 2004

¿Eres tú?

¿Eres tú? - le pregunté a un lindo chico que se detuvo frente a mí. No, no lo soy - respondió luego de girar y verme confundido. Miró su reloj y siguió caminando. Ya llevaba un buen tiempo sentada así que decidí levantarme y estirar un poco las piernas. Luego de caminar un rato divisé unos metros a mi izquierda a un hombre escribiendo sentado en un banco. Caminé hacia él de manera curiosa. Hola, ¿eres tú? - pregunté en tono curioso. No, no creo que lo sea. Me entristecí un poco, estaba segura que él sí lo era. Cerca de él me reencontré con un chico al cual ya había conocido. Había cambiado bastante, pero aun así reconocí su esencia. ¡Hey! ¿Cómo estás? ¿Ahora sí eres tú? - le pregunté emocionada. La verdad no sé si lo sea, todavía estoy inseguro. Luego de escuchar su respuesta me despedí con efusión y seguí caminando. De repente sonó mi celular. ¿Aló? ¿Eres tú?.. Ah no... te equivocaste de número... No, no te preocupes. Volví a sentarme para observar la puesta de sol. Otro día más para tachar en el calendario. Mañana seguiré buscando. De repente alguien entra a este blog y lee mi cuento. Hola, ¿eres tú?
Qué pena que tengas regresar al trabajo... Hoy no tengo ropa interior puesta...

Química explosiva

Espero no tengan problema en que sea un relato erótico... Acostada en el piso disfrutaba una amena lectura. Reía, a carcajadas, como le gusta reír. Esa risa sonora, salida del alma, desde lo más profundo de su ser. Él, se encontraba en la habitación, trabajando, y escuchaba al fondo las notas de la risa de su compañera. ¿De qué te ríes, ah? ? Le preguntaba de manera curiosa. Pero ella no paraba de reír, era esa clase de risa que por más que uno trata de controlarla, no puede. Esa clase de risa que tiene vida propia. Él se acerca y la observa, tendida en el piso, con una sonrisa pintada en sus labios, en esos labios gruesos que a él le encanta morder, absorber, chupar. Y la observa, a los ojos, con una mirada escrutadora, tratando de descifrar el porqué de su risa, la razón de su felicidad. Ella, lo observa desde el suelo, absorta, contemplándolo desde un ángulo tan excitante, teniéndolo tan cerca. Le enseña la lectura, los dibujos, y vuelve a reír. Pero ahora eran dos notas distintas ya que la risa de él le hacía compañía. Dejando a un lado instantes, segundos, el tiempo transcurrió, y él se acercó más hacia ella. La miró más cerca y ella pudo notar un brillo en sus ojos, a la vez que se reflejaba en los mismos. De repente sus labios se unieron en un beso, en un juego de lenguas y de deseo. Los latidos empezaban a acelerarse al compás de la respiración que se agitaba. Más? más rápido? cada vez más? Y los besos seguían, las lenguas se cruzaban, salían y entraban? Trazaban caminos, senderos, rutas de placer, de ansias, de ganas, de hambre. Porque eso se tenían, hambre. Deseaban devorarse hace mucho tiempo pero no lo habían podido cumplir. Sin embargo, había llegado el momento. Ahí tendidos en el piso, empezaban a disfrutar del placer que las hormonas pueden provocar en el cuerpo, en la carne. Ella sintió una lengua fogosa recorriendo su cuello, subiendo a su oreja, rozando su lóbulo y hundiéndose. La volvía loca, se volvía loca. Ella respondía con un mordisco, en el hombro derecho, en esa zona musculosa, tan dura y estrujable. Porque eso le gustaba hacer. Jugaban con sus manos, arrebatándose el poder entre ellos. Sus dedos se perdían entre las líneas de sus cuerpos, dibujando contornos, marcando el camino recorrido. Ahora ella se incorpora y se sienta encima de él, a horcajadas. Los dos todavía con sus prendas puestas, obstaculizando parte del placer. Se miraban, aunque ella no tanto. El placer la hacia cerrar los ojos para disfrutarlo más, pero también, existía una razón callada. Un argumento oculto, una especie de hipótesis, por la cual no siempre lo mira a los ojos mientras se debaten de placer. Ella juega con la música, moviéndose al compás del ritmo. Y vuelve a reír. Él, la observa de nuevo, sin saber, que una de las cosas que más disfruta hacer ella en el acto es reír. La hace sentir mejor, libre, suelta. Los dos se levantan y ella sigue moviéndose al compás de la música, así que él le sigue el juego, porque a los dos les gusta jugar. Empiezan una danza, a moverse de manera unísona, como uno solo. Son dos cuerpos, pero en esos momentos, se fusionan. Dejan de ser ella y él, dejan de ser dos entes, y se convierten en uno. Y ella sigue bailando y él la sigue a ella. La locura sigue, los arrebatos van de la mano. Él la arrincona contra el clóset, dejándola sin salida, sin escapatoria. Sus bocas siguen unidas, desbordando placer. Sus manos se recorren los torsos desnudos. Él baja a sus pechos, los toma entre sus manos, los pellizca con sus dedos y ella suspira, lanzando un leve gemido. Se acerca a ellos y los besa tiernamente para luego empezar a chuparlos. Esa lengua caliente, recorriendo frenéticamente sus pezones, ahora abultados y grandes. Cierra los ojos, disfruta, gime, goza. Como a ella le gusta ser recíproca, tiene que devolverle el placer brindado. Así que le toca su turno y lo arrincona contra la puerta. Le lanza una mirada de lujuria y empieza a bajar lentamente por su dorso besándolo, mordiéndolo. Se arrodilla frente a él y empieza a desabotonar el jean. Ya siente el calor que se ha originado ahí dentro. Baja el interior y extrae un miembro erecto, grande y duro. Observa por última vez los ojos de su compañero, los cuales expresan placer, en una mirada tan profunda y penetrante. Luego engulle todo su miembro, lo lame, lo disfruta, como si fuera un postre, un helado, de su sabor favorito. Y pareciera como si se fuera a derretir porque lo empieza a lamer más rápido, con más ganas, con ansias locas, de devorarlo, comérselo todo. Lo suelta momentáneamente y observa sus testículos, en un ángulo y encuadre tan simétricamente perfecto. Primero lame una, con la puntita de la lengua, y se alegra al sentir un respingo en el cuerpo de él. Luego, lame completamente una, pasa a la otra, y vuelva a jugar, ahora con ellas. Mete una en su boca y la acaricia con su lengua, succionando, absorbiendo. Después la otra, y repite el mismo ritual. Las saborea. Su mano empieza a subir y a bajar por el miembro de él, volviéndolo loco de esta manera. Él la levanta en sus brazos y la conduce a la cama, sin dejar de besarse, de sentirse. El calor que emanan se vuelve deliciosamente insoportable. La acuesta boca arriba y empieza a acariciarla, haciéndola vibrar de placer. Se miran, alimentándose de la mirada del otro. Él se ubica encima de ella, retirando el cabello de su rostro, para poder observarlo mejor. Ella vuelve a reír, sabe que su cabello siempre se entromete, pero también sabe que él no tiene reparo en acomodarlo de nuevo. Empieza a besarle el cuello, bajando por sus pechos, su estómago, le muerde la cintura a propósito, porque sabe que eso la hace reír al producirle cosquillas. Y ríen los dos, risas cómplices del placer. Ella ya no aguanta más, desea sentirlo dentro de sí, desde hace ya mucho tiempo. Y él lo sabe, aunque lo callaba. Vuelve a subir hasta la boca de ella para besarla nuevamente, se refleja en sus ojos, le muerde la oreja y luego coge su miembro y lo introduce. Ella suelta un gemido lleno de placer. Los dos empiezan una danza, al compás de su cuerpo. Ella le acaricia la espalda, hundiéndole las uñas. Las gotas de sudor empiezan a caer entre cada embestida de sus caderas. Ella se aferra de la cabecera y él le toma las manos, entrelazando sus dedos. Se besan, se muerden, se alocan. Y así, siguen disfrutando, haciéndose el amor, viviéndolo, sintiéndolo. Ella no sabe si eso es amor o una simple locura momentánea. Tampoco sabe a ciencia cierta lo que él pueda pensar o sentir. Sólo sabe que juntos provocan una química explosiva. Y eso, también lo sabe él.

domingo, noviembre 21, 2004

Juegos de sábanas

Era domingo, día en que Paulina cambiaba las sábanas de su cama. No sabía si poner las blancas con flores o las de melón llano. La lavadora estaba prendida prendida en el último ciclo, el de secado, y en ella se encontraban los demás juegos de sábanas, con sus respectivas fundas de almohada. Bueno, menos una funda del juego rosa chifón que hasta el día de hoy encuentra. El ventilador estaba prendido a la máxima potencia, la radio se encontraba en su estación favorita. Pau, como le decía sus amigas, se encontraba descalza y con la pijama todavía puesta. En su mesita de noche, su café con leche de todas las mañanas. Luego de apagar la lavadora regresa a su cuarto con una lavacara llena de sábanas por doblar. Primero toma la azul cielo, esa sábana le hacia acuerdo de Alfredo, un chico que conoció una noche calurosa en un bar. Luego de un par de tragos recuerda, sonrojada, que lo llevó a su casa y lo arrojó salvajemente a la cama e hicieron el amor entre las nubes, envueltos en su sábana azul cielo. El rosa chifón le recordaba a Renato y a Christian. Uno era el mesero del restaurante al que Paulina iba todos los miércoles y domingos a almorzar. En la noche, se lo cenaba a él, untándole miel o crema chantilly. El otro era un muchacho que iba a arreglarle la computadora y de cuando en cuando le regalaba alguna clave pirata. Luego de realizar su trabajo, los dos se conectaban en 1000 megas de placer. Paulina tomo un sorbo de su café, el cual sigue todavía un poco caliente para su gusto. Luego de revolverlo un poco toma la sábana verde claro con un diseño de hojas. Esa le recordaba a Carlos, un colombiano que conoció en la fila de un banco. Como era fin de mes, la cola era extremadamente larga, así que la disfrutaron conversando de muchos temas. La invitó a comer y cuando le ofreció servirse un postre, ella ya tenía otro en mente. De Lucas no quería acordarse, por eso nunca usaba la sábana de color lila. Aun así la lavaba y no sabía porqué. A él lo conoció en una discoteca y luego de bailar toda la noche, disfrutaron el amanecer envueltos entre las sábanas. Pero cuando Lucas hizo un hueco en la misma con el cigarrillo, Paulina lo botó de inmediato. Y así, cada juego de sábanas le recordaba a algún amante que había pasado por su cama, menos a uno, David. Con él hizo el amor en el sofá y le rompió el corazón cuando se marchó al día siguiente sin despedirse. Paulina se decidió y tendió la cama con la sábana blanca con flores, se terminó su café y se metió al baño. Al pasar una hora se encontraba lista, se mira en el espejo y sale de su casa para dirigirse al centro comercial. Allí va a comprar un juego de sábanas concho de vino que Xavier, el chico que trabaja en la tienda, le mostró la semana pasada junto a una sonrisa pícara y coqueta.